
Carta de amor a mi carta de amor
Not easy to state the change you made.
If I’m alive now, then I was dead,
Though, like a stone, unbothered by it,
Staying put according to habit.
You didn’t just toe me an inch, no-
Nor leave me to set my small bald eye
Skyward again, without hope, of course,
Of apprehending blueness, or stars.
Love Letter, Sylvia Plath, 1960.
Desde hace mucho tiempo mi vida ocurre en mi imaginación. Cuando me leí Mujercitas me encerraba en mi cuarto a soñar que Laurie también era mi vecino, y me desencanté de él al tiempo que Jo. Muchas cosas han pasado en mi imaginación desde entonces. Los argumentos han mejorado, la trama se ha complejizado, y semana a semana suceden cosas increíbles. En la vida real me arruncho por las noches con Rafaela a ver Cuevana, y me duermo exhausta de soñar despierta historias de amor janeaustenescas.
He llegado a este conveniente lugar en el que no tengo que modificar mis rutinas, quitarle tiempo al trabajo, ni arriesgar el corazón. Miro alrededor de mi cama la ropa tirada en el piso, las pilas de papeles, el frisbee… mi apartamento se parece al de Misato Katsuragi, y no le cabe un tercero al que, además, tendría que explicarle que Rafaela duerme entre las cobijas. Amar podría ser algo así como verme obligada a renunciar a mis mañas para que además me rompan el corazón, otra vez, y como todavía me acuerdo de las veces pasadas siento un nudo en la garganta, paso saliva en seco, vuelvo al libro, o a la película, y reservo mis “te amo” en voz alta para Rafaela.
Pero en este cómodo pantano somnoliento de la Vetusta Morla yo tenía algo real: una carta de amor. Mi carta de amor estaba escrita a mano (ya no recuerdo si en tinta negra o azul) con un esfero barato y letra torpe, cursiva, como de niño de primaria. En ella mi amado me decía que había luchado contra un tiburón con sus propias manos y que su amor por mí era irremediable. La carta llegó por correo y yo me encerré con ella en mi cuarto de la adolescencia como si me la hubiera mandado el mismísimo Mr. Darcy. La carta además no la había pedido. Su autor la había hecho por inspiración espontánea en un momento en que él me amaba y yo lo amaba, esos momentos que son raros y místicos como los eclipses. Mi carta era mi mayor tesoro. La guardaba en su sobre de manila original dentro de un cofre, con otras cartas, pero ésta brillaba con un aura benjaminiana tan poderosa como la de un Caballero del Zodíaco.
Creo que la posmoderinidad ha hecho más preciosas esas pocas cosas que todavía tienen aura. Ni el sexo, ni el matrimonio, ni la reproducción la tienen; todos podrían tener sustitutos mecánicos. El amor existe como un dragón prehistórico y esquivo, por eso a mi me parece maravilloso. De eso también podemos concluir que soy romántica, fetichista y hasta emo, y sí, lo soy.
Perdí mi carta el día del grado de la Maestría. Venía pensando en el taxi de regreso a casa en que el diploma estaba firmado a mano, y me pareció que eso lo hacía especial, como un grabado serial marcado por el artista. Cuando entramos a la casa el cofre y las cartas estaban regadas en el piso de la sala y faltaba el sobre de manila.
Perdí mi última carta de amor. Muchos dirán que no es la última, que el amor volverá, pero todos sabemos que eso es mentira, que el amor es una casualidad esquiva que después de los 30 se puede confundir con algunos pragmatismos cómodos del tipo compartir el pago de la hipoteca. Sabemos que vendrán mensajitos de texto, mails muy bonitos y llamadas por Skype, pero cartas no.
Podría llorar la carta toda mi vida, algo de su pérdida me abre un grifo en el alma. Mi carta, que hoy reposa untada de salsa de soja en algún basurero de la ciudad, dio un salto cruel a mi mundo imaginario. Sin el garante de la carta, el amor al que se refería es una bisutería barata, una contingencia. Tal vez el amor de la carta no tiene posibilidades materiales. En mis laberintos mentales recorro sus peripecias como en un libro de Elige tu propia aventura y por todos los caminos termina mal. Solo la carta se enfrentaba a esa tormenta de imposibles y ahora su realidad se desvanece con la duda metódica de cada día.
Lo que lloro cuando lloro a mi carta es al amor que se me volvió un recuerdo, solo mi versión de los hechos, que se irá destiñendo con el tiempo. Evidencia además que mi corazón vive en pijama de franela, patético y asustado mirando la vida tras las persianas. Me exige una acción o una renuncia, y yo no quiero hacer ninguna, mi corazón que era huérfano ahora también es pobre, y esa no es manera de salir a tomar el sol.